Taponero

A Carlos lo conocí de casualidad, en un cumpleaños. Me lo presentó Daniela, la que era mi novia por aquellos días de facultad. Ese es mi tío Carlos, me dijo, le gusta hacer tapón. La miré. Me miró, y se río con gusto. En serio, dijo, le gusta hacer tapón.
Yo entonces —tanto como ustedes ahora, probablemente— no tenía idea qué era hacer tapón. Me explicó, mientras Carlos iba de un grupo al otro del cumpleaños haciendo chistes tontos, siempre riendo de buena gana: se mete en una situación donde haya mucha gente, por ejemplo una escalera llena de gente bajando al subte, o la gente que camina por una calle en reparación, y camina lo más tranquilo, hasta que de repente se da vuelta, simula hablar con alguien, y tapona el paso de todos. Hace tapón y se la pasa genial. Si viene con alguien capaz le pide que se quede más atrás, para que le puedan responder, y si no finge hablar con alguien que está lejos. La gente no entiende nada, pero supone que está hablando con alguien que está más atrás; si se dan vuelta, solo ven más gente impávida, o dada vuelta, y no entienden nada. Y él mientras va dando instrucciones o grita cosas muy serias, cosa que la gente no se atreva a decirle que hace tapón por una pavada. Eventualmente avanza, y después sale y se queda a un costado, y se mata de risa solo.
De ahí en más lo miré con otros ojos a Carlos, no sé si con ojos de lástima, compasión, o ira loca. O todo junto.

Unos meses después de esa fiesta se graduó la hermana de mi novia. La doctora de la familia. Todos en la Facultad de Medicina; acto, entrega, diplomas, palabras, risas, llantos, un quilombo de gente que encuentra gente, abrazos, felicitaciones, y después despejar el recinto, que vienen otros a repetir la obrita. Y entonces, mientras que una horda de galenos y familiares bajaba por una escalera definitivamente demasiado chica para la ocasión, lo detecté a Carlos unos cuántos escalones más abajo. En seguida entendí que era el pináculo de su taponería. Como si me hubiera oído, o lo hubiera tenido todo planeado, en ese mismo instante se dio vuelta y taponó.
Lo más fantástico del asunto fue, sin lugar a dudas, no la reacción de la gente, sino la suya, una vez que —cumplimentando el ritual— se pudo echar a un costado y, cobijado dentro de su saco cruzado, se echó a reír con muchas, muchas ganas, como un niño.

Pasó el tiempo (aunque no tanto, tampoco) y mi relación con Daniela se terminó; y por tanto, también con Carlos (con quien realmente nunca tuve mucha relación más allá del tapón). Y después pasó más tiempo, y vino una pandemia, y con la excepcionalidad de la pandemia vinieron muchas cosas excepcionales, y entre lo uno y lo otro, de una u otra manera, me encontré un día hablando con Daniela. Muchos pensamos muchas cosas por aquellos días, y —aunque ahora podamos haberlo olvidado— la sensación de inminente final aparecía a veces bastante agigantada. Y en una de esas, entonces, ahí estaba, hablando con Daniela.
La conversación fue simpática, y por momentos nostálgica y tal vez casi triste, y a veces cómica y divertida, y entonces le dije, casi en chiste, que el que debía estar mal era Carlos, que no podía hacer tapón!
Y Daniela se puso un poco seria, y me dijo que sí, que estar adentro todo el día le estaba costando, y que hacía todo lo posible por salir, pero ya no era un pibe y tenía que cuidarse, y que de todos modos en las calles no había gente, y las muchedumbres eran una fantasía, y que Carlos lo decía en chiste, pero ella pensaba que en verdad le estaba costando no poder hacer tapón. En otro momento lo habría tomado a risa, pero sabiendo lo que sabía, habiendo visto y participado, lo tomé en serio.

Pasaron meses. Me olvidé de Daniela, de Carlos, del tapón y de mil cosas más, ocupado como todos en cuestiones más importantes. La pandemia avanzó, reculó, mutó, y así, y de alguna manera fue mejorando. Un día cualquiera me llegó un mensaje de Daniela:

« Volvió el tapón. Va a la verdulería o al supermercado, y se para en la cola, y se le va acercando a la gente, a ver cómo reaccionan. Se pone dos barbijos, pero el de abajo no se ve, y si ve que nadie se inquieta porque se acerca, tose. Va al subte, y cuando le piden el permiso de viaje, se disculpa y se pone a buscarlo por todos lados, mientras todos atrás putean. El otro día se armó todo un kit de papeles equivocados, y se fue a hacer tapón a la autopista. Mi tía dice que está contenta de poder verlo reír de nuevo. »

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