Innocent when you dream

Paul Auster, Hand to mouth
Paul Auster, «Hand to mouth», una crónica de los años difíciles, indispensable para cualquiera pensando en ser escritor…

Paul Auster se ha convertido casi en un abuelo para mí, aunque, por su edad, más bien podría ser mi padre. Su hijo, Daniel (el que todos sus lectores conocemos de nombre por tantas intertextualidades) tiene un año más que yo. Lo arrestaron el pasado viernes, porque su hija, de diez meses (mi hijo tiene cinco años) murió de una sobredosis. Tomó, nadie sabe cómo aún, las drogas que tomaba el padre, mientras este dormía una siesta después de picarse heroína.

Leí la noticia y sentí una tristeza profunda, y pensé en Paul. Qué habrá hecho, qué habrá sentido, cómo estará. Lo sentí víctima y responsable a la vez. Sé que ambas son equivocadas, pero a veces puedo sentir cosas que están mal.

Lloro mientras escribo estas líneas. Por la beba muerta; por la impotencia; por las ganas de pegarle al padre hasta dejarlo moribundo, pero vivo; por la tristeza de ese abuelo, que es padre, y que es partícipe indirecto, porque no pudo sacar a su hijo de las drogas; por mis recuerdos como hijo; por mi corta experiencia como padre; por el miedo de que dé un día tantas vueltas la vida que me encuentre yo, de alguna manera, como ese padre o ese abuelo.

Lloro porque siento una cercanía con Paul, que a lo largo de tantos años ha contado, en pedazos y sin saberlo, mi historia al mundo. Porque la suya, en partes, es la mía; y muchos de sus personajes son parte de mí. Y a mí me gusta escribir, aunque no soy un buen ni reconocido escritor, soy sólo un sonso con aspiraciones y sueños. Pero él mismo fue, un día, un escritor sin muchos escritos, sin fama, sin dinero, y con no mucho más que lo puesto, las aspiraciones y los sueños.

Lloro porque en un momento especial de mi vida, una persona muy especial me acercó a Paul, y finalmente pudimos ser amigos. Porque siento que él llegó, y yo no llego nunca a ningún lado. Y también porque se puede llegar a lugares, pero si después te pasa esto, ¿de qué te sirven los libros y los premios y el dinero y la fama y el amor de los desconocidos?

No hay ninguna poesía posible acá, una beba murió por la negligencia de un adulto enfermo. No hay justicia posible. No hay literatura ya. Se hace un silencio, se apagan las luces, se agachan las cabezas. Silencio.

Desde aquí, Paul, un fuerte abrazo.

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